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El campo valenciano resiste: sus exportaciones agroalimentarias superan los 6.200 millones y ya mueven más de uno de cada cuatro euros que salen de la Comunitat

El campo valenciano resiste: sus exportaciones agroalimentarias superan los 6.200 millones y ya mueven más de uno de cada cuatro euros que salen de la Comunitat

Mientras el conjunto de España ve cómo sus exportaciones agroalimentarias retroceden un 1,8% en lo que va de año, la Comunitat Valenciana avanza en la dirección contraria. Con un crecimiento del 0,2% respecto al mismo periodo de 2025, el sector agroalimentario valenciano ha superado la barrera de los 6.200 millones de euros en exportaciones durante los primeros siete meses del ejercicio, consolidando una posición que no solo sustenta la economía regional, sino que empieza a definir el rumbo comercial de todo el país. En un escenario internacional marcado por tensiones comerciales, aranceles en revisión y costes de producción que presionan sin descanso desde todos los frentes, mantener la tendencia positiva tiene un valor que va mucho más allá de los decimales en una estadística.

El dato más revelador no reside exclusivamente en el volumen, sino en la dirección que describe la balanza comercial del territorio. La Comunitat Valenciana exporta más de lo que importa en el segmento agroalimentario, y eso, en un contexto donde el conjunto de la balanza comercial regional —incluyendo todos los sectores— arroja un déficit de 1.117,6 millones de euros, convierte al campo en el verdadero motor de equilibrio económico. El superávit agroalimentario, cifrado en 2.168,1 millones de euros entre enero y julio, no es simplemente una cifra para celebrar en una rueda de prensa: es la diferencia entre que la economía valenciana navegue con rumbo definido o a la deriva en un océano de incertidumbres comerciales globales.

La fruta, reina indiscutible de un mercado que mira al exterior

Dentro del gran paraguas agroalimentario, las frutas siguen ocupando el trono. Con 2.539,9 millones de euros exportados hasta julio, un 0,6% más que en el mismo periodo del año anterior, el producto fresco valenciano representa el 40,8% del valor total de las ventas al exterior del sector. Un porcentaje que habla por sí solo de la vocación internacional de un territorio donde la naranja fue, durante generaciones, el billete de presentación ante el mundo, y donde hoy esa tradición se ha ampliado con una diversificación que incluye cítricos, hortalizas frescas y frutales de todo tipo.

El protagonismo de la Comunitat Valenciana se mide también en clave nacional. La región concentra el 32,1% de todas las exportaciones españolas de fruta, una cifra que la sitúa prácticamente empatada con Andalucía, que acapara el 32,3%. Dos regiones, dos modelos productivos diferenciados, y un pulso por el liderazgo frutero que se dirime cada temporada en los lineales de medio continente. La competencia no es enemiga: es el motor que impulsa la calidad, la innovación y la capacidad de adaptación al gusto de los consumidores internacionales. Valencia, con su tradición cítrica y su proximidad logística al puerto de Valencia, y Andalucía, con su extensión de cultivos subtropicales, protagonizan un duelo que beneficia al conjunto del país exportador.

Detrás de la fruta, los productos transformados suman 2.009,8 millones de euros, mientras que las hortalizas aportan 698,5 millones en ese mismo periodo. Esta estructura exportadora, que combina productos frescos con valor añadido industrial, refuerza la resiliencia del sector ante la volatilidad de los mercados internacionales. No se depende de un único tipo de producto ni de un solo canal de comercialización: la diversidad es, en sí misma, una garantía de estabilidad.

«Mantener el crecimiento en un escenario internacional complejo demuestra la fortaleza de un sector que necesita seguir ganando rentabilidad, dimensión y capacidad para transformar y comercializar nuestros productos», señala Miguel Barrachina, conseller de Agricultura, Agua, Ganadería y Pesca de la Generalitat Valenciana.

El desafío de convertir las cifras en bienestar real para el campo

La posición de la Comunitat Valenciana en el ránking de exportaciones agroalimentarias por comunidades autónomas es sólida y consolidada. Se sitúa por detrás de Andalucía y Cataluña, concentrando el 13,3% del total nacional, lo que refleja décadas de especialización agraria, infraestructura logística desarrollada y una vocación internacional que no es nueva, sino que hunde sus raíces en la historia agrícola del Mediterráneo español. Sin embargo, el reto no está solo en mantener las cifras: está en convertir el volumen exportado en bienestar real para los agricultores y ganaderos que sostienen ese músculo económico.

Que los números que se publican en las estadísticas oficiales lleguen también a las explotaciones, a los jornales y a los pueblos del interior es la pregunta que subyace detrás de cualquier récord exportador. La competitividad en los mercados internacionales no se sostiene solo con buenas cosechas o con infraestructuras portuarias de primer nivel: se sostiene con un tejido rural vivo, con jóvenes que eligen quedarse y con mayores que encuentran en su trabajo una retribución digna. La burocracia, los costes energéticos y la necesidad de una política agraria que acompañe la transición ecológica sin sacrificar la rentabilidad son retos pendientes que el sector valenciano conoce bien. En este sentido, voces del campo español ya han alertado sobre la necesidad de desbloquear la burocracia que amenaza al campo y al relevo generacional, así como sobre la importancia de que las políticas agrarias sitúen al agricultor en el centro de las decisiones, como ocurre en debates sobre legislación ambiental que afectan directamente a las explotaciones.

La confianza que existe fuera de las fronteras en los productos valencianos es innegable. La reputación de calidad que han construido décadas de trabajo en los campos de Murcia, Almería, Valencia y Murcia trasciende fronteras, y los mercados internacionales —desde la Unión Europea hasta destinos más lejanos— siguen apostando por frutas, hortalizas y productos transformados con sello de origen mediterráneo. El objetivo, según las autoridades autonómicas, es que esa capacidad exportadora se traduzca en más rentabilidad para quien produce, más actividad para la industria agroalimentaria y más oportunidades para el medio rural.

Por ahora, el campo valenciano demuestra que sabe competir. Que también sepa vivir de ello es, sin duda, el siguiente capítulo que deberá escribir una comunidad que ha convertido la agricultura en seña de identidad y que ahora necesita asegurar que los beneficios de ese éxito comercial alcancen cada rincón del territorio, desde las grandes empresas exportadoras hasta la pequeña explotación familiar que sigue siendo el corazón latiente de un sector que, a pesar de las tormentas económicas, sigue de pie y sigue creciendo.

«Estos datos reflejan la confianza que existe fuera de nuestras fronteras en los productos valencianos. Nuestro objetivo es que esa capacidad exportadora se traduzca en más rentabilidad para quien produce, más actividad para nuestra industria agroalimentaria y más oportunidades para el medio rural», reafirma Miguel Barrachina en su visión sobre el presente y futuro del agro valenciano.

Un equilibrio frágil en un mundo de incertidumbres

El contexto internacional no es favorable. Las tensiones comerciales entre las grandes potencias, la revisión de aranceles y la subida de costes de producción —desde los fertilizantes hasta la energía necesaria para mantener en funcionamiento las cadenas de frío— conforman un escenario que exige vigilancia permanente. Que la Comunitat Valenciana haya logrado mantenerse por encima de la media nacional no es casualidad: es el resultado de un tejido productivo adaptado, diversificado y con una capacidad de respuesta que otras regiones aún están tratando de desarrollar. La industria agroalimentaria valenciana, con su capacidad de transformar materias primas en productos de mayor valor añadido, ha demostrado una y otra vez que sabe leer los tiempos y adaptarse a ellos.

No obstante, la mirada no debe conformarse con lo conseguido. El superávit comercial agroalimentario es un logro que hay que proteger, pero también un instrumento que hay que potenciar. La inversión en I+D, la apuesta por la sostenibilidad como valor diferencial en los mercados internacionales, la formación del relevo generacional y la simplificación administrativa son pilares sobre los que se sostendrá la próxima etapa de crecimiento. El campo valenciano ha demostrado que sabe competir en los mercados más exigentes del mundo. Ahora necesita demostrar que también sabe competir consigo mismo, asegurando que el éxito exportador no quede confinado en los grandes grupos empresariales, sino que se extienda como una marea beneficiosa hacia cada parcela, cada explotación y cada familia que vive del campo en la Comunitat.

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