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La universidad como divide y reajusta: cómo el ingreso a la educación superior polariza según el género en Estados Unidos y Chile

La universidad como divide y reajusta: cómo el ingreso a la educación superior polariza según el género en Estados Unidos y Chile

En un seminario interdisciplinario organizado conjuntamente por el Instituto de Sociología y la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica, el investigador Pablo Argote presentó recientes hallazgos que desafían una de las nociones más arraigadas en la ciencia política contemporánea: la idea de que la educación universitaria produce efectos políticos uniformes. Su ponencia, titulada Gendered Divergence in the Political Effects of Higher Education: Evidence from the United States and Chile, revela un fenómeno profundamente estructural —y altamente significativo para la comprensión de las dinámicas de partidismo modernas—: la brecha educativa no es solo una cuestión de clase o de formación intelectual, sino una brecha de género. Este descubrimiento, sustentado en análisis longitudinales que siguen a miles de individuos antes y después de acceder a la educación superior, sugiere que el acto de ingresar a la universidad no afecta por igual a todos los estudiantes. Las mujeres tienden a desplazarse hacia la izquierda, mientras que los hombres permanecen en posiciones más conservadoras o incluso muestran una ligera deriva hacia la derecha. Un patrón reproducible tanto en un sistema bipartidista como en uno multipartidista, y que pone en evidencia cómo las instituciones educativas no solo forman ciudadanos, sino que también moldean identidades políticas a través de mecanismos que van más allá de la adquisición de conocimientos técnicos.

El contexto teórico en el que se enmarca esta investigación es complejo y multiforme. Por un lado, la literatura tradicional ha señalado que la educación superior suele asociarse con una orientación ideológica progresista, particularmente en contextos donde el acceso a la universidad implica una mayor exposición a ideas críticas, debates académicos y una cultura institucional que valora la diversidad y el cuestionamiento de normas establecidas. Sin embargo, esta asociación ha sido objeto de controversia en los últimos años, especialmente en Estados Unidos, donde el vínculo entre educación y afiliación partidista ha mostrado signos de tensión. Por otro lado, la brecha de género en la política ha emergido como uno de los fenómenos más consistentes en la democracia norteamericana: mujeres jóvenes se identifican progresivamente con partidos de izquierda, mientras que hombres jóvenes muestran una tendencia opuesta o una apatía política creciente. La innovación metodológica de Argote radica en combinar ambos fenómenos dentro de un mismo marco analítico, proponiendo que no son dos tendencias paralelas, sino dos caras de la misma moneda: la polarización política contemporánea está profundamente atravesada por cuestiones de género, y la universidad actúa como un campo de batalla simbólico donde estas dinámicas se intensifican.

Metodología y contextos analizados: Estados Unidos y Chile a la caza de diferencias de género

Para probar su hipótesis, Argote empleó diseños de panel longitudinal intraindividuales, una técnica que permite seguir a las mismas personas a lo largo del tiempo, comparando su comportamiento político antes y después del ingreso universitario. Este enfoque es crucial porque elimina la posibilidad de que los resultados sean atribuibles a diferencias preexistentes entre individuos —por ejemplo, que quienes deciden estudiar no lo hacen precisamente porque ya tienden a ciertas ideologías—. En su lugar, el análisis se centra en el cambio dentro del mismo sujeto, controlando mediante efectos fijos individuales para aislar el impacto causal del ingreso a la universidad. Para ello, utilizó ocho paneles longitudinales armonizados de Estados Unidos que abarcan a un total de 9.200 personas que no asistían a la universidad al inicio del estudio. En el caso chileno, recurrió al panel ELSOC para el período 2016—2022, un recurso único en América Latina para el estudio de las transformaciones sociales y políticas en contextos de transición democrática.

Los resultados obtenidos son contundentes y reveladores. En ambos países, ingresar a la universidad desplaza a las mujeres hacia la izquierda y las aleja de la derecha. Este efecto es particularmente fuerte en Estados Unidos, donde la autoidentificación con el Partido Demócrata aumenta significativamente entre las mujeres que acceden a la educación superior. En contraste, los hombres muestran una estabilidad relativa en sus preferencias políticas, o incluso una ligera deriva hacia posiciones más conservadoras. La divergencia entre géneros alcanza aproximadamente 16 puntos porcentuales en la identificación con el Partido Demócrata en Estados Unidos, y 9 puntos porcentuales en la autoidentificación con la izquierda estricta en Chile. Estas cifras no son meramente estadísticas; representan una fractura en la base misma del tejido democrático, donde la educación, tradicionalmente vista como un nivelador de oportunidades, se convierte en un factor de polarización.

La identidad partidaria como construcción social: más allá de las políticas públicas

Un aspecto particularmente interesante del estudio es que los cambios observados se concentran principalmente en la identidad partidaria y en la autoubicación en el eje izquierda—derecha, más que en las posiciones sobre políticas públicas específicas. Esto es consistente con teorías que entienden el partidismo como una forma de identidad social, no solo como una elección racional basada en intereses materiales o ideológicos. Según estas perspectivas, las personas no solo votan por qué partido promueve mejores políticas, sino que también se identifican con ciertos partidos porque esas afiliaciones reflejan quiénes son, qué valores priorizan y qué comunidad sienten que pertenecen. La universidad, en este contexto, no solo transmite conocimientos, sino que también inmersa a sus estudiantes en una cultura institucional que valora ciertos principios —como la crítica, la inclusión, la justicia social— que tienden a alinearse con discursos de izquierda. Para las mujeres, este proceso parece ser más intensamente vivido, posiblemente debido a la intersección entre su experiencia académica y sus trayectorias de vida, que históricamente han estado marcadas por barreras estructurales que la izquierda ha prometido abordar.

El hecho de que este patrón se reproduzca tanto en un sistema bipartidista rígido como en un sistema multipartidista fragmentado sugiere que el efecto diferenciado de la universidad según el género no depende de la arquitectura electoral, sino de cómo las etiquetas de izquierda y derecha son asimiladas y reinterpretadas por los individuos. En Estados Unidos, donde el Partido Demócrata y el Partido Republicano ofrecen una dicotomía clara, las mujeres universitarias se sienten atraídas por discursos que enfatizan equidad, diversidad e inclusión. En Chile, donde el espectro político es más amplio y heterogéneo, la izquierda estricta también recibe un flujo creciente de apoyo femenino, mientras que los hombres muestran una mayor afinidad por partidos o figuras que prometen estabilidad, orden o una visión más conservadora del rol social. Este fenómeno no es exclusivo de la universidad, pero su intensidad dentro de este entorno académico lo convierte en un laboratorio privilegiado para observar cómo las identidades políticas se conforman y evolucionan.

Las implicancias de estos hallazgos van más allá del ámbito académico. Para los partidos políticos, especialmente aquellos que buscan conectar con jóvenes votantes, el mensaje es claro: la educación no es un terreno neutral. Es un espacio donde se construyen sujetos políticos, y donde las diferencias de género juegan un papel determinante en la formación de afiliaciones ideológicas. Esto plantea preguntas urgentes sobre cómo los partidos deben adaptar sus mensajes, cuáles son las herramientas pedagógicas más efectivas para llegar a distintos grupos, y qué papel deben jugar las instituciones educativas en la formación cívica. Un hombre joven que ingresa a la universidad no se moviliza políticamente con la misma fuerza que una mujer joven en la misma situación. Esta desigualdad en la movilización política podría tener consecuencias profundas para la representación democrática, especialmente si se considera que las generaciones futuras de líderes, activistas y ciudadanos están siendo formadas en estos entornos.

El debate también toca temas de género y poder. Algunas críticas han señalado que el enfoque de género en la educación superior ha creado un clima ideológico que favorece ciertas voces sobre otras, especialmente en contextos donde las discusiones sobre diversidad, identidad y justicia social han ganado protagonismo. Esto ha generado reacciones en distintos sectores, algunos de los cuales ven en la universidad un espacio de influencia ideológica progresista que margina perspectivas conservadoras o tradicionales. Sin embargo, el estudio de Argote no juzga el contenido ideológico de estas influencias, sino que documenta su existencia y su impacto diferencial. Lo que resulta más preocupante no es la presencia de ideas progresistas en la educación, sino el hecho de que estas ideas no afectan por igual a todos los estudiantes, creando una brecha que podría profundizar las desigualdades políticas ya existentes.

Una agenda pendiente: ¿Hacia dónde va la política de las nuevas generaciones?

En un contexto donde la desconfianza en las instituciones políticas alcanza niveles históricos en muchos países, y donde las generaciones más jóvenes muestran patrones de afiliación partidista cada vez más fragmentados, el trabajo de Argote ofrece una lupa poderosa para entender qué fuerzas están moldeando el futuro de la política. No se trata solo de una cuestión de izquierda o derecha, sino de cómo las experiencias institucionales —como la educación superior— se convierten en catalizadores de identidades colectivas. El hecho de que una sola variable como el ingreso universitario pueda generar una divergencia de 16 puntos porcentuales en Estados Unidos o de 9 en Chile indica que las dinámicas de partidismo están más vivas y más sensibles a contextos sociales de lo que se creía.

Además, este tipo de investigación abre nuevas líneas de reflexión sobre el rol de las instituciones en la formación de ciudadanos. Si la universidad no solo enseña, sino que también transforma identidades políticas, entonces su responsabilidad trasciende lo académico. Debe preguntarse no solo qué se enseña, sino también cómo se enseña, y con qué efectos en la vida política de quienes aprenden. En un mundo donde las fuerzas de polarización parecen intensificarse, entender estos mecanismos no es un lujo intelectual, sino una necesidad democrática. El seminario en el que Argote presentó sus hallazgos no solo fue un evento académico, sino un momento de confrontación con realidades que exigen ser nombradas, analizadas y, sobre todo, comprendidas.

Una brecha que redefine el mapa político

La conexión entre educación, género y partidismo no es un fenómeno aislado, sino una tendencia estructural que define el presente y proyecta el futuro de las democracias contemporáneas. El trabajo de Pablo Argote no solo documenta una correlación estadística, sino que revela una verdadera trama causa-efecto en la que la universidad actúa como un motor de polarización de género. Este hallazgo es relevante hoy porque nos obliga a repensar no solo cómo se forman los ciudadanos, sino también cómo se construyen las mayorías y las minorías políticas. En un momento en que las democracias enfrentan desafíos sin precedentes —desde la desigualdad hasta la erosión de la confianza institucional— entender las raíces de la polarización es clave para diseñar respuestas efectivas. La universidad, lejos de ser un espacio neutro, es un actor político en sí misma, y su impacto varía según el género de quienes la habitan. Reconocer esto no es una cuestión de ideología, sino de realismo democrático.

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