
La imagen de Madrid suele estar dominada por sus rascacielos, sus arterias de tráfico, su vida cultural y su pulso urbano. Sin embargo, al sur y al norte de la capital se extienden parcelas de cultivo, ganaderías, masas forestales y municipios rurales que forman parte indispensable de la identidad de la Comunidad. Carlos Novillo, ingeniero agrónomo, bombero de profesión y actual consejero de Medio Ambiente, Agricultura e Interior, conocía esa realidad de primera mano mucho antes de sentarse en el despacho que hoy ocupa en la Asamblea de Madrid. Allí, entre pasillos congestionados por la intensidad de un pleno y vistas que abrazan la urbe, conversó con este medio sobre un proyecto político que pone el campo en el centro de las prioridades regionales.
Novillo no llega al cargo desde la abstracción teórica. Su formación técnica, su experiencia en emergencias y su responsabilidad política sobre tres áreas que en otros gobiernos podrían parecer desconectadas se fusionan en una visión coherente: medio ambiente, agricultura y territorio son parte de un mismo ecosistema. «Aunque lo ves aquí tan urbanita, nunca perdemos esa referencia al campo», afirmó durante la conversación, en una declaración que resume la posición que defiende desde la consejería.
Una visión integrada del territorio madrileño
La agrupación de competencias que gestiona Novillo no es casual. Para el consejero, la agricultura, la ganadería, la gestión forestal, el agua, la prevención de incendios y la protección del territorio constituyen un todo indivisible. Esta concepción difiere de la visión fragmentada que muchas veces impera en la política regional, donde cada área se gestiona como un compartimento estanco.
En una región que supera los siete millones de habitantes y que proyecta su crecimiento hacia los ocho millones, el papel del sector primario no puede ser residual. Novillo lo tiene claro: «El campo en Madrid es el pilar que nos equilibra». Esa afirmación no es retórica decorativa sino un principio organizador de su gestión. Los agricultores y ganaderos de la Comunidad, en su mirada, son «verdaderos ecologistas practicantes», porque el campo madrileño presta servicios ambientales que la sociedad no siempre reconoce ni valora adecuadamente.
La conexión entre la gestión forestal y la prevención de incendios ilustra esta integración. La experiencia de Novillo como bombero le aporta una perspectiva directa sobre los riesgos que enfrentan los montes madrileños, especialmente en un contexto de cambio climático donde las temperaturas extremas y la sequía se han convertido en amenazas recurrentes. La necesidad de activar protocolos de prohibición de fuego en zonas rurales ante riesgo crítico, como ya han implementado otras comunidades autónomas, forma parte de la agenda de la consejería.
«No podemos competir en cantidad. Tenemos que competir en calidad»
La calidad como única vía competitiva
La Comunidad de Madrid no puede aspirar a competir en volumen productivo con grandes regiones agrarias que disponen de extensiones de tierra muy superiores. El propio Novillo reconoce esta limitación sin rodeos y la convierte en el motor de una estrategia basada en la excelencia. La superficie limitada y la escala distinta no son un obstáculo, sino el punto de partida de un modelo que prioriza la proximidad, la innovación y la conexión real con el consumidor.
Y esa conexión es, quizás, la ventaja más poderosa de la que dispone el campo madrileño. El mercado está al lado. Siete millones de habitantes, millones de visitantes, restaurantes llenos, comercio especializado, grandes eventos deportivos y culturales conforman un ecosistema de demanda que pocos territorios pueden igualar. La huerta de Aranjuez, la huerta del Tajuña, los vinos de Madrid y la nueva denominación de origen que impulsa la Comunidad son piezas clave de un mapa productivo que necesita visibilidad.
El reto, sin embargo, no es solo producir bien, sino que el consumidor lo sepa, lo reconozca y esté dispuesto a pagar por ello. «Tenemos que conectar mejor todos los eslabones de la cadena», señala Novillo. La brecha entre quien cultiva, quien transforma y quien consume en la capital es una asignatura pendiente que la consejería pretende abordar con políticas activas de promoción, trazabilidad y comercialización directa.
Esta estrategia de calidad se enmarca en un contexto donde las amenazas al medio ambiente y a la producción agraria son cada vez más presentes. La contaminación por metales pesados que afecta a cultivos en otras regiones del país, como los casos denunciados en el Campo de Cartagena, evidencia la importancia de garantizar la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los suelos como pilares no negociables de cualquier política agraria seria.
El campo como pilar de equilibrio
Más allá de los datos económicos y las estrategias comerciales, la defensa del campo madrileño tiene una dimensión identitaria. En una comunidad donde la capital lo ocupa casi todo en la percepción pública, los municipios rurales, las explotaciones agrarias y las dehesas representan la memoria viva de un territorio que no debe perder su esencia. Novillo lo expresa con claridad: Madrid no puede seguir anclados en el siglo pasado, pero tampoco puede desvincularse de sus raíces.
El campo madrileño ofrece algo que la urbe no puede replicar: paisaje, biodiversidad, gestión sostenible del territorio y alimentos cercanos. Son valores que, lejos de ser complementarios, son necesarios para la calidad de vida de una población cada vez más urbana. La gestión cinegética responsable, la conservación de especies y la administración racional de los recursos naturales forman parte de esa ecuación que Novillo busca equilibrar desde su cargo.
La apuesta de la Comunidad de Madrid por un modelo agrario de calidad, proximidad e innovación no es un gesto simbólico. Es una decisión política con implicaciones reales para miles de familias que viven del campo, para la seguridad alimentaria de la región y para la salud medioambiental de un territorio que crece sin detenerse. Madrid también es campo, y conviene recordarlo cada vez que la agenda pública parece querer olvidarlo.




