
Las próximas semanas marcarán un punto de inflexión en el panorama político alemán, con dos elecciones regionales que se celebrarán a tan solo quince días de distancia y que, según todas las encuestas, podrían reescribir las reglas del juego en el mapa federal del país. Este domingo 6 de septiembre, los ciudadanos de Sajonia-Anhalt deciden quién gobierna en Magdeburgo, y en dos semanas, la capital, Berlín, hará lo propio. Ambos comicios, sin embargo, van más allá de la simple renovación de un ejecutivo local; se erigen como un referéndum tácito sobre la solidez de los partidos gobernantes a nivel federal, la Unión Cristianodemócrata (CDU) del canciller Friedrich Merz y los socialdemócratas de la SPD, cuya posición muestra claros signos de desgaste.
Lo más fascinante de este doble proceso electoral es la paradoja de sus posibles beneficiarios, dos fuerzas políticas que representan las dos caras más extremas del espectro ideológico alemán. Mientras que en el este profundo, la Alternativa para Alemania (AfD), un partido con explícitas posiciones de extrema derecha, amenaza con lograr por primera vez su ansiada mayoría absoluta para dirigir un gobierno regional, en la capital del país, la izquierda radical de Die Linke aspira a conquistar la alcaldía, un escenario inédito que rompería con décadas de hegemonía de la gran coalición. En ambos casos, lo que se juega es la estabilidad de los cordones sanitarios que, hasta ahora, habían mantenido a los partidos extremos alejados del poder.
Sajonia-Anhalt: el laboratorio del miedo y el agravio histórico
Para comprender el terremoto electoral que sacude Sajonia-Anhalt, es imposible ignorar su historia reciente y su profunda herida geoeconómica. El territorio que conforma este estado, con capital en Magdeburgo, fue parte integrante de la antigua República Democrática Alemana hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. La reunificación, en lugar de traer la anhelada prosperidad, desencadenó un brusco y doloroso proceso de desindustrialización y reconversión económica que dejó huellas permanentes en la población. Hoy, a pesar de una especialización estratégica en sectores como la logística, las energías renovables o la alta tecnología, la percepción de un trato desigual y de un agravio histórico persiste en amplias capas de la sociedad.
Este sentimiento de desventaja se ve amplificado por un declive demográfico de proporciones catastróficos. Bajo el régimen comunista, la región contaba con casi tres millones de habitantes; en la actualidad, ha perdido alrededor de 750.000 personas, fruto de un cóctel nefasto de emigración hacia el oeste, un déficit de natalidad crónico y la falta de una inmigración compensatoria. Las consecuencias son evidentes: un envejecimiento acelerado que genera una grave falta de mano de obra cualificada, el abandono progresivo de infraestructuras públicas en zonas rurales y, sobre todo, una latente Abstiegsangst, ese miedo al descenso social que genera un caldo de cultivo fértil para los discursos de chivo expiatorio y de recuperación de un estatus perdido. Es precisamente en este terreno fértil donde la AfD, que en 2023 fue catalogada como «extrema derecha probada» por los servicios de inteligencia, ha sembrado su retórica racista y antiinmigrante con mayor eficacia.
Su programa electoral, que no deja lugar a dudas, se construye sobre un pilar estratégico: la migración. Sus propuestas van desde un incremento masivo de plazas de prisión preventiva para extranjeros, la deportación de migrantes considerados «ilegales», hasta el fin de toda financiación estatal para entidades de integración y ONGs. A pesar de la contundencia de estas medidas, sus valores en las encuestas, que superan el 40%, les acercan peligrosamente al trofeo anhelado: una mayoría absoluta que les permitiría derribar el cordón sanitario (Brandmauer) impuesto por las fuerzas democráticas y gobernar en solitario. La región se convierte así en un laboratorio de lo que puede ocurrir cuando el miedo y el resentimiento se alían con una retórica populista y autoritaria.
Berlín: la geometría del voto en una capital fragmentada
Apenas 150 kilómetros separan Magdeburgo de Berlín, pero la lógica electoral en la capital parece seguir un mapa completamente diferente. Mientras que en Sajonia-Anhalt el escenario parece dominated por un duelo a muerte entre las fuerzas tradicionales y la extrema derecha, en Berlín el panorama es mucho más fragmentado, con hasta cinco partidos compitiendo en una horquilla de entre el 15 y el 25% de los votos. Según los sondeos, a la cabeza se encuentra Die Linke, seguida de un empate técnico entre democristianos, verdes, la propia AfD y unos socialdemócratas algo más descolgados.
El peso de la historia reciente, que en el este profundo se manifiesta como un agravio colectivo, en Berlín se difumina en una geometría electoral vertebrada por la distinción entre el centro y la periferia. Durante los años 90, CDU y SPD concentraban su voto en el antiguo Berlín Occidental, mientras que las fuerzas herederas del Partido Socialista Unificado tenían su granero de votos en el Oriental. Esa división este-oeste ha dado paso a una nueva lógica. Mientras que la izquierda radical de Die Linke se extiende por un centro de la ciudad más cosmopolita y con un fuerte sentimiento de identidad de izquierdas, las fuerzas de la CDU y, sobre todo, de la AfD, han foundado su base de apoyo en las periferias, zonas donde el desempleo es más alto y donde el sentimiento de abandono por parte del estado es más acuciante. La capital se muestra, así, como un espejo en miniatura de las transformaciones sociales y territoriales que afectan a todo el país, donde las viejas divisiones se desvanecen para dar paso a nuevas fracturas que ya no distinguen entre el antiguo Este y Oeste.
La posibilidad de que Die Linke conquiste la alcaldía de Berlín sería un shock político sin precedentes, capaz de alterar el equilibrio de fuerzas a nivel federal y de obligar a los socialdemócratas de la SPD a replantear su estrategia de alianzas. Pero, al mismo tiempo, el buen desempeño de la AfD en la capital, incluso sin llegar al poder, serviría como un trampolín para normalizar su presencia en el escenario político nacional, debilitando aún más la posición de los partidos tradicionales.
Las elecciones en Sajonia-Anhalt y Berlín no son, por tanto, un mero exercise administrativo. Son un termómetro de un descontento social que va más allá de los resultados concretos de cada comicio. Ambos escenarios reflejan, cada uno a su manera, las tensiones de una sociedad en transición, dividida entre un pasado que no termina de cerrarse y un futuro incierto. Los resultados de estos días serán leídos en todo el país como un presagio de los desafíos que esperan a la coalición de Merz, y la capacidad de los partidos democráticos para responder a las ansiedades de la población determinará, en gran medida, el futuro político de Alemania en los próximos años. El tablero está sacudido, y la partida que se juega en estas regiones puede tener consecuencias que trascienden ampliamente sus fronteras.




