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Ceuta arde entre la crisis migratoria y la batalla política: Marlaska pide calma mientras el Congreso se fractura

Ceuta arde entre la crisis migratoria y la batalla política: Marlaska pide calma mientras el Congreso se fractura

La crisis migratoria en Ceuta ha dejado de ser una emergencia operativa para convertirse en el epicentro de una tormenta política que sacude al Gobierno, a la oposición y a las instituciones del Estado. Lo que comenzó como una entrada masiva de migrantes ha derivado en una espiral de violencia en las calles, declaraciones cruzadas en el Congreso de los Diputados, reproches entre ministerios y un pulso diplomático con Marruecos que amenaza con redefinir las relaciones bilaterales entre Madrid y Rabat. La sesión de control al Gobierno, celebrada este viernes en la Cámara Baja, ha sido el escenario donde se han condensado todas las tensiones acumuladas durante semanas, con un Fernando Grande-Marlaska a la defensiva, acusaciones de «racismo» y «xenofobia» entre bambalinas, y la sombra de la Fiscalía que ha confirmado 16 agresiones sexuales cometidas en el contexto de la crisis.

El tono lo marcó el propio Marlaska desde el primer minuto de su comparecencia. El ministro del Interior lanzó un mensaje inequívoco a la sociedad ceutí y al conjunto de la opinión pública: «España tiene el deber inquebrantable de proteger la integridad de nuestro territorio y a nuestros ciudadanos», proclamó, antes de solicitar el «cese de cualquier tipo de violencia» y advertir de que «ese no es el camino». La contundencia del ministro respondía a unas horas previas especialmente graves, en las que decenas de vecinos de Ceuta habían intentado bloquear el paso de una ambulancia de Cruz Roja y la presión en las calles había ido creciendo de forma sostenida. La situación, según los testimonios recogidos por distintas ONG y profesionales de la prensa, ha alcanzado un punto de inflexión: «Está empezando a ser peligroso», advertían fuentes humanitarias que trabajan sobre el terreno.

Marlaska asume errores, cifra expulsiones y anuncia un refuerzo militar-tecnológico en la frontera

Consciente de la tormenta política, Marlaska introdujo un elemento inédito en su discurso: la autocrítica. El ministro reconoció abiertamente «errores» en la gestión de la crisis y pidió que «no se utilicen mal» sus palabras, en una referencia velada a la desavenencia pública con la ministra de Defensa, Margarita Robles, que había asegurado que el titular de Interior había «culpado» a determinados actores del Gobierno por lo ocurrido en Ceuta. La aclaración buscó desactivar un fuego cruzado interno que estaba debilitando la imagen de cohesión del Ejecutivo ante la peor crisis migratoria en la ciudad autónoma en años.

En el capítulo de cifras, Marlaska ofreció un balance detallado que pretende demostrar la firmeza del Gobierno. Según sus datos, 100 migrantes han sido ya expulsados de Ceuta por haber cometido delitos, mientras que alrededor de 5.000 personas permanecen todavía en la ciudad autónoma a la espera de resolver su situación administrativa. El ministro quiso dejar claro un mensaje dirigido especialmente a quienes esperan un cambio de rumbo: «La entrada en Ceuta no genera expectativas de permanencia», advirtió, al tiempo que confirmó que las devoluciones continuarán de forma sistemática. La estrategia, conocida en el argot gubernamental como de «triajes y devoluciones», fue defendida también por el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, que tendió la mano al PP para ejecutarlas «lo antes posible».

El dispositivo de seguridad en la frontera ceutí experimentará además un refuerzo sustancial. Marlaska anunció que Interior ampliará los espigones —las estructuras metálicas que dificultan el paso por el espigón del Tarajal— y los hará más largos, además de incorporar drones de vigilancia y boyas permanentes en el litoral. Se trata de un plan que combina infraestructura física, tecnología y presencia policial para blindar uno de los pasos fronterizos más sensibles de toda la Unión Europea. El mensaje implícito es claro: el Ejecutivo descarta una política de «puertas abiertas» y apuesta por el control férreo del perímetro.

Un Congreso fracturado: la derecha habla de «asalto» y la izquierda acusa de «racismo»

La sesión parlamentaria evidenció la profundidad de la grieta política. Mientras Marlaska cargaba contra la derecha por su reacción a la crisis —calificándola de «incompatible con los principios democráticos»—, los partidos conservadores desplegaban un argumentario centrado en la soberanía nacional y la responsabilidad del Gobierno. La diputada del PP Ana Vázquez fue especialmente dura al apodar a Marlaska como «el galgo de Ceuta», acusándolo de «huir con tanta celeridad como Sánchez de Paiporta», en referencia a la ausencia del presidente durante la DANA de Valencia. Vázquez reclamó al PSOE que «frene esta espiral» de deterioro institucional.

Por su parte, Vox elevó el tono hasta el terreno de la confrontación directa. El diputado Ignacio Gil Lázaro habló de un «plan de asalto contra la integridad territorial» por parte de Marruecos «facilitado por este Gobierno», una tesis que también defendió el expresidente José María Aznar, que se desplazó hasta Ceuta para lanzar un mensaje de carácter casi excepcional: «La soberanía nacional no tiene vacaciones, una vez agredida solo cabe restaurarla». La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, fue aún más lejos al comparar a los migrantes con «delincuentes yihadistas parapetados tras niñas menores inocentes» y criticar a un Gobierno «sin control» que traslada a Algeciras a «ilegales» que «atacaron» al Ejército en Ceuta. En el otro extremo, la ministra de Sanidad, Mónica García, respondió con dureza a quienes criminalizan a los recién llegados: «Los migrantes no traen enfermedades, las contraen aquí por las malas condiciones», replicó, acusando a Alberto Núñez Feijóo de actuar con «prejuicio xenófobo».

La izquierda del Gobierno, por su parte, no ahorró críticas internas. Podemos responsabilizó al Ejecutivo de «dar gasolina» a unas protestas que, a su juicio, están «alimentadas por PP y Vox» y que tienen un componente racista difícil de negar. Sumar acusó directamente a Vox de «alentar los altercados» contra los migrantes, y su diputado Enrique Santiago pidió «sacar de Ceuta a los que no vayan a ser expulsados» para rebajar la presión en la ciudad. El socioliberal ERC, mientras tanto, reclamó «más autocrítica» a Marlaska y exigió aclaraciones sobre si existió o no un informe del CNI alertando de la entrada masiva. Junts, fiel a su línea soberanista, insistió en el traspaso íntegro de las competencias de inmigración a la Generalitat de Cataluña.

El factor Robles-Marlaska, el CNI y el misterio de la «tergiversación» judicial

Uno de los capítulos más espinosos de la jornada lo protagonizó el desencuentro entre Marlaska y Robles. La ministra de Defensa había asegurado que su compañero de Gabinete había «culpado» a algunas instancias del Gobierno por el caos en Ceuta, lo que obligó al titular de Interior a comparecer con un tono inusual de disculpa preventiva. Marlaska no eludió la cuestión y admitió «errores» en la comunicación, aunque insistió en que nunca pretendió señalar a nadie en concreto. El episodio ha reabierto el debate sobre la cohesión interna de un Ejecutivo que, en plena crisis, ha mostrado fisuras que la oposición no ha dudado en explotar.

Otro de los grandes interrogantes sigue siendo el papel del CNI y de Marruecos. El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, intentó desactivar la tesis de la «invasión organizada» al achacar la entrada masiva a «una tergiversación» de una sentencia del Tribunal Supremo, negando que existiera «evidencia de que Marruecos lo haya liderado». La explicación fue recibida con escepticismo por Vox, cuyo diputado llegó a calificar a Bolaños de «borrico» e «ignorante» y a preguntarse por el «interés» del Gobierno en defender a Rabat. La cuestión es clave, porque de la respuesta a si Marruecos actuó como un vecino aliado o como un adversario que presionó con flujos migratorios depende en buena medida la política exterior española hacia el Magreb en los próximos meses.

La comparecencia de Marlaska coincidió, además, con la del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, y la de la ministra de Seguridad Social, Elma Saiz, que cerró la ronda de intervenciones del Gobierno para intentar dar una imagen de coordinación ante la magnitud del desafío. En paralelo, el CGPJ anunció que designará a un magistrado de la Audiencia de Málaga en Melilla para reforzar los juzgados de Ceuta, una medida que el propio Bolaños celebró por su rapidez y que persigue agilizar la instrucción de los expedientes de devolución y los procesos judiciales abiertos, entre ellos los relacionados con las 16 agresiones sexuales confirmadas por la Fiscalía. La reunión extraordinaria del órgano de gobierno de los jueces busca evitar el colapso de una administración de Justicia ceutí desbordada por el volumen de expedientes generados por la crisis.

Ceuta, entre el clamor social y el riesgo de una «espiral» sin retorno

En el terreno, la situación sigue siendo extraordinariamente delicada. La sociedad ceutí, que ha pasado de la hospitalidad inicial a una mezcla de agotamiento, miedo y rechazo, reclama soluciones urgentes. El mensaje de la delegación del Gobierno y de las autoridades locales ha sido ambivalente: por un lado, se rechaza tajantemente la violencia contra los migrantes, recordando que «son seres humanos y hay que respetarlos»; por otro, se insiste en la necesidad de proceder a las devoluciones con la mayor celeridad posible. Las comunidades autónomas, en una muestra de corresponsabilidad forzada, aprobaron el reparto de 25 millones de euros para Ceuta, aunque sin el apoyo de Vox y con la ausencia llamativa de Aragón, Extremadura y Castilla León, comunidades gobernadas por el PP, que escenificaron así su distancia con la respuesta gubernamental.

El reto al que se enfrenta el Ejecutivo en las próximas semanas es de una complejidad inhabitual. Por un lado, debe gestionar el retorno ordenado de miles de personas; por otro, tiene que desactivar la polarización política que ha convertido a Ceuta en un campo de batalla partidista; y, en tercer lugar, debe reconstruir la confianza con Marruecos sin que la defensa de la soberanía nacional quede en entredicho. Mientras tanto, el PNV, a través de su diputado Legarda, ha reclamado al PP que «arrime el hombro» con el Gobierno en Ceuta, una llamada a la responsabilidad institucional que, por ahora, no ha encontrado eco en las filas populares.

En un contexto de creciente crispación, algunos analistas han subrayado que la crisis ceutí podría convertirse en el primer gran test político del Gobierno tras el verano. La reciente interrupción del descanso estival del presidente Pedro Sánchez para intervenir urgentemente en Ceuta ha puesto de manifiesto la gravedad del momento, mientras crecen las voces que piden un pacto de Estado en materia migratoria que vaya más allá de la mera gestión de emergencias. Algunos expertos en política territorial, además, han empezado a mirar hacia el otro lado del Estrecho: el reciente giro en el Tratado de Gibraltar y la postura de Bruselas podrían condicionar la capacidad de España para negociar con sus socios europeos y con Marruecos una solución estable al fenómeno migratorio en la frontera sur.

Por ahora, el Gobierno se aferra a la triple vía marcada por Marlaska: firmeza en las devoluciones, refuerzo de la frontera y apelación a la unidad política. Pero la calle ceutí, el hemiciclo del Congreso y la frontera con Marruecos marcan tiempos distintos. La pregunta que flota en el aire es si la combinación de espigones más largos, drones y boyas permanentes será suficiente para detener los flujos migratorios, y si el diálogo político será capaz de desactivar una «espiral» que, como advirtió el propio PSOE, amenaza con devorar a más de un actor institucional. Ceuta espera, mientras el reloj de la política española sigue avanzando.

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