
La tensión entre la ortodoxia económica radical y la defensa de la soberanía nacional ha encontrado un nuevo capítulo en la pluma de Jorge Asís, quien desde su columna habitual dispara una frase que resume el nudo gordiano de la política argentina actual: «El patriotismo fulmina al Coloso». La sentencia, dirigida con precisión quirúrgica hacia la figura de Federico Sturzenegger, actual arquitecto de la desregulación estatal y ministro clave en la administración de Javier Milei, no es apenas una boutade retórica. Funciona como una radiografía de un momento histórico donde el intento de refundar el Estado desde los cimientos del liberalismo más extremo choca frontalmente con las inercias profundas de una sociedad que, pese al desgaste, sigue reconociéndose en ciertos símbolos colectivos y en la idea de un proyecto nacional propio. El «Coloso» al que alude Asís no es solo la figura del funcionario —con su historial de pasajes por el Banco Central y el Ministerio de Producción en gestiones anteriores—, sino la estructura intelectual y normativa que sostiene su cruzada: el Decreto 70/2023 y la Ley Bases, las dos patas legislativas sobre las que se intenta construir el nuevo orden.
La anatomía del desmantelamiento: la motosierra fina del Estado
Para comprender la dimensión del diagnóstico de Asís, es necesario descender al terreno de lo concreto. La gestión de Sturzenegger al frente del Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado no se limita a la poda de gastos superfluos; se propone una reescritura del contrato social argentino. La derogación de la Ley de Alquileres, la modificación del Código Aduanero, la apertura de importaciones sin controles previos y la desregulación del mercado aerocomercial son apenas la punta visible de un iceberg normativo que busca eliminar toda traba al libre comercio y a la iniciativa privada. El método, descrito por el propio protagonista como una «motosierra fina», consiste en la derogación masiva de normas mediante decretos de necesidad y urgencia (DNU) y la delegación de facultades legislativas, esquivando así el debate parlamentario profundo.
Esta ingeniería institucional, sin embargo, encuentra en la frase de Asís su contrapunto más elocuente. El analista sugiere que la fuerza bruta de la desregulación —el «Coloso» técnico, juridico y mediático— posee un talón de Aquiles insoslayado: la legitimidad social. Cuando la apertura importadora golpea a la industria nacional, cuando la eliminación de retenciones sectoriales beneficia a la exportación primaria en detrimento del valor agregado, o cuando la flexibilización laboral precariza al trabajador formal, el discurso de la «libertad» se quiebra contra la realidad del bolsillo. Es en ese intersticio donde el «patriotismo» —entendido no como jingoísmo sino como defensa del interés nacional y del tejido productivo local— emerge como la variable que la planilla de cálculo no contempló. La historia argentina reciente está plagada de planes de estabilización que fracasaron porque subestimaron la capacidad de resistencia de una estructura productiva que, aunque ineficiente en términos comparativos, es la base del empleo y la soberanía tecnológica.
El espejo retrovisor: Sturzenegger y la recurrencia del ortodoxo
La figura de Federico Sturzenegger permite a Asís tender puentes hacia el pasado para iluminar el presente. Su paso por la presidencia del Banco Central durante la gestión de Mauricio Macri (2015-2018) terminó en una crisis cambiaria terminal, la vuelta al FMI y una devaluación que licuó salarios y ahorros. Aquella experiencia, lejos de ser un estigma, parece haber funcionado como un laboratorio de aprendizaje: la gradualidad fue descartada como error estratégico. La apuesta actual es el shock total, la saturación de reformas para que la oposición —política, sindical, judicial— no pueda reaccionar. Sin embargo, Asís detecta una falla en la matriz: el «Coloso» actual camina sobre los mismos pies de barro que el de 2018. La dependencia del financiamiento externo, la fragilidad de las reservas netas negativas y la recesión inducida como herramienta antiinflacionaria replican el patrón.
El columnista plantea, además, una distinción crucial entre liberalismo económico y entrega estratégica. La desregulación del sector energético, minero y de tierras —puntos neurálgicos de la Ley Bases y el RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones)— despierta la sospecha de que el «patriotismo» fulminante no proviene solo de la tribuna peronista o nacionalista, sino de sectores de las Fuerzas Armadas, la diplomacia profesional y el empresariado industrial que ven en la extranjerización sin controles una amenaza a la seguridad nacional. La frase de Asís funciona así como una alerta temprana: el establishment que aplaudió la llegada de Milei y Sturzenegger puede volverse el primer detractor si la «libertad» se traduce en desguace de activos estratégicos. En este sentido, la oportunidad histórica que se abre no puede quedar atrapada en el bloqueo político, pero tampoco puede ignorar los límites que impone la geopolítica real.
El tablero político: el triángulo de hierro y la resistencia difusa
El análisis de Asís no se agota en la economía; penetra en la mecánica del poder. El «Coloso» Sturzenegger opera dentro de un «triángulo de hierro» conformado por el Presidente Milei, su hermana Karina Milei (Secretaria General de la Presidencia) y el asesor Santiago Caputo. Este núcleo duro blindaje la gestión del ministro frente a las internas de gabinete —donde conviven funcionarios de extracción PRO, radicales y técnicos libertarios— y frente al Congreso, donde la Ley Bases debió ser mutilada para lograr su sanción. La delegación de facultades extraordinarias en materia administrativa, económica, financiera y energética por el plazo de un año (prorrogable) otorga a Sturzenegger una cuasi-dictadura normativa que Asís observa con la lupa del constitucionalismo histórico.
La resistencia, sin embargo, no se organiza solo en el Parlamento. La CGT, fragmentada pero vigente, los movimientos sociales que mantienen la territorialidad en el conurbano bonaerense, y los gobernadores peronistas que administran la mayoría de las provincias, conforman un arco de contención que el «Coloso» subestima. Asís sugiere que el «patriotismo» fulminante es, en esencia, la reacción de un cuerpo social que percibe la extirpación del Estado no como una liberación, sino como un abandono. La eliminación del Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de la ANSES para financiar el déficit, la paralización de la obra pública —que es obra privada contratada por el Estado— y el achicamiento del sistema de ciencia y técnica (CONICET, INTI, INTA) golpean directamente la columna vertebral de la movilidad social ascendente que caracterizó a la Argentina del siglo XX. Aquí es donde la valoración del saber y la academia se vuelve crítica: no hay «Coloso» tecnocrático que resista la erosión del capital humano que lo sustenta.
En definitiva, la columna de Jorge Asís actúa como un contrapunto necesario en un debate público a menudo ahogado por la épica de la motosierra. La metáfora del «Coloso» fulminado por el «patriotismo» no predice necesariamente un golpe de estado ni una revuelta popular inmediata; augura, con la lucidez del que conoce los ciclos argentinos, la inviabilidad política de un modelo que ignora la trama de intereses, identidades y necesidades que conforman la Nación. El ministro Sturzenegger puede tener la ley, el decreto y la mayoría legislativa temporaria, pero Asís le recuerda que le falta el pueblo. Y en la Argentina, como bien sabe la historia, quien no tiene el pueblo, no tiene nada. La partida está abierta, pero el tablero es más complejo de lo que la ingeniería libertaria supone.




